Estás sentado en la consulta. El psiquiatra levanta la vista de la pantalla y te suelta la pregunta de siempre: «¿Qué tal vamos?». Y ahí, en esa décima de segundo, decides. Le cuentas que duermes bien —aunque llevas tres noches a cinco horas y con el motor a tope—. Le dices que las pastillas, todas —aunque la de la noche te la saltas cuando sales—. Sonríes. Te vas. Y por dentro sabes que le has enseñado un mapa que no es el tuyo.
No mentiste del todo. Solo maquillaste. Como cada vez.
Esa costumbre —tan comprensible, tan humana— tiene un precio que casi nadie te ha explicado. Y conviene mirarlo de frente.
Lo primero que se cae ahí arriba es la conciencia
La conciencia de enfermedad tiene nombre técnico: insight. Es la capacidad de reconocer que estás enfermo, de leer tu propio estado desde fuera. Y es justo lo que la subida se lleva primero. En la caída todavía sabes que estás mal —lo sabes de sobra, te pesa—. Arriba no. Arriba te sientes mejor que nunca, más lúcido que nunca, y esa plenitud es exactamente el síntoma. El termómetro se descalibra con la fiebre.
Por eso el reporte honesto importa más cuanto más alto estás: es cuando menos te fías de tu propio juicio… y cuando más convencido estás de que no hace falta contar nada.
Por qué se miente —porque siempre hay un motivo—
Nadie miente a su médico por deporte. Se miente por razones concretas, y conviene nombrarlas:
- Para proteger la subida. Estás bien, demasiado bien, y en el fondo temes que si lo cuentas te lo van a quitar. Te callas para que no te bajen de la nube.
- Por vergüenza de la bajada. Contar hasta dónde has llegado, lo que pensaste, lo que dejaste de hacer, da pudor. Prefieres el «voy tirando».
- Para esconder lo que no cumpliste. Los efectos secundarios que no mencionas, las pastillas que te saltaste, la copa que no tocaba. Callarlo evita el sermón —o eso crees—.
Son motivos legítimos. El problema no es el motivo. El problema es lo que provoca.
Mentirle es dispararte en el pie
Un psiquiatra no adivina. Ajusta. Y ajusta con lo único que tiene delante: el cuadro que le cuentas. Si el cuadro es falso, el ajuste es falso. Le escondes las tres noches sin dormir y no te sube el estabilizador que frenaría la subida. Le ocultas el efecto secundario y te deja un fármaco que vas a acabar abandonando por tu cuenta. Cada dato que te guardas es una decisión clínica que tomas tú —sin saber de medicina— en su lugar.
No le engañas a él. Te sale caro a ti. El plano que dibujas es el plano sobre el que te tratan.
La cara B: la consulta no es un tribunal
Aquí está el reencuadre que lo desbloquea todo. Mientes porque en algún rincón vives la consulta como un examen que puedes suspender. Y no lo es. El psiquiatra no te juzga: te trata. Lo que dices ahí es confidencial, no sale de esa habitación, no te resta puntos. Contar que te saltaste la pastilla no es confesar un pecado; es darle un dato que necesita.
Desnudarte en esa consulta no es debilidad. Es la forma más alta de tomar el control. El que oculta cree que manda —elige qué se sabe—, pero en realidad se somete a un tratamiento a ciegas. El que lo cuenta todo es quien de verdad conduce.
→ Por eso el diagnóstico y su ajuste dependen tanto de lo que tú aportas.
Qué hacer con esto
No hace falta que te vuelvas un libro abierto de un día para otro. Basta con un hábito: llevar a la consulta un dato en vez de una impresión. Cuántas horas dormiste esta semana. Qué pastilla te saltaste y cuándo. Qué efecto te molesta y no te atrevías a decir. Un registro sencillo hace medio trabajo, porque cuenta por ti lo que la vergüenza te calla.
Y una regla para las subidas: cuanto más seguro estés de que estás perfecto y no hace falta contar nada, más falta hace contarlo. Esa certeza es el síntoma hablando.
→ Aquí explicamos cómo el tratamiento se afina con lo que reportas.
Nota de cuidado. Si estás pasando un momento difícil o tienes pensamientos de hacerte daño, en España tienes la Línea 024 (24 h, gratuita y confidencial). En una emergencia, 112.
En una línea. Tu psiquiatra solo puede ajustar el tratamiento con el cuadro verdadero: cada cosa que le escondes la decides tú, a ciegas, en su lugar.

